Una anécdota de Santa Teresa de Jesús camino de Sevilla.
Y una enseñanza.
Para que no te desanimes.
Los acontecimientos relacionados con la vida de los santos nos muestran, muchas veces, cómo Dios frustró sus planes para que su voluntad pudiera fundirse con la de Dios.
Santa Teresa de Jesús fue a Sevilla para fundar una nueva institución conventual. Eran los difíciles tiempos de la reforma, y santa Teresa creó entonces una nueva y progresista rama de las hermanas carmelitas. La creación de la nueva institución exigía que santa Teresa, como superiora, viajara con un grupo de hermanas al lugar en el que iba a estar su sede. .. Escondidas dentro de su carruaje se sentían seguras y tenían la esperanza de que podrían llegar a su objetivo sin ser vistas por nadie, porque no querían dar un espectáculo. Era el día de la Venida del Espíritu Santo. Las hermanas partieron muy temprano por la mañana. Teresa escogió una iglesia que estaba en uno de los más alejados arrabales de Córdoba para hacer una pausa. Allí el padre Julián de Ávila iba a oficiar una misa para ellas, con el fin de que nadie las viera, y luego las monjas iban a reanudar su viaje. Pero muy pronto resultó que para llegar hasta la Iglesia escogida había que pasar por un puente.
Sin embargo, el puente, a esa temprana hora, estaba cerrado, y los vigilantes que lo cuidaban informaron que tenían que pedirle la llave al alcalde. El alcalde todavía estaba dormido, y no permitía que se le despertara en situaciones parecidas. Tuvieron que esperar. Salió el sol y comenzó a hacer mucho calor. La gente empezó a agruparse en torno al carruaje. Algunos, los más ansiosos de descubrir algo sensacional, trataron de echar una mirada al interior. Al fin, después de una espera de dos horas, trajeron la llave y se pudo abrir la puerta. El carruaje se puso en marcha, pero resultó que por ser demasiado ancho no podía pasar por el puente. Y empezaron a pasar las horas.
Santa Teresa anhelaba mucho participar en la solemnidad de la Venida del Espíritu Santo y en la misa, y ansiaba que todo el viaje se hubiera podido hacer sin que las monjas fueran vistas por la gente, pero las horas de inactividad transcurrían una tras otra. Cuando al fin fueron cortadas con sierra las partes del carruaje que sobresalían demasiado, y las monjas pudieron llegar hasta la iglesia fuera de la ciudad, tuvieron otra sorpresa más. Resultó que la festividad de la Venida del Espíritu Santo era una fiesta patronal en esta iglesia, y, como suele ocurrir en esos casos, tanto por dentro como en sus alrededores, la iglesia estaba repleta. Eso ya fue demasiado. Santa Teresa dijo que ella y las demás hermanas estuvieron a punto de negarse a asistir a la santa misa; más tarde reconoció que aquello hubiera sido un grave error. Por suerte, el padre Julián ordenó a las monjas que participaran en la santa misa a pesar del gentío que había. Salieron, pues, de su escondite y empezaron a cruzar la iglesia.
Santa Teresa, que siempre relata las cosas con mucho colorido, dijo más tarde que cuando la gente las vio, cubiertas con velos y con hábitos blancos, reaccionó como suele hacerlo el público de las corridas cuando sale el toro al ruedo. Santa Teresa confiesa que aquel fue uno de los mayores disgustos de su vida. Ese disgusto tan grande se lo dio el Espíritu Santo, en la festividad de su Venida. Pero allí no terminaron las dificultades. Después de la santa misa, las hermanas tuvieron que volver a cruzar la iglesia, en medio de la gente que alborotaba y empujaba. Luego, cuando ya salieron de la nave, resultó que hacía un calor tan tremendo que no se podía continuar el viaje. Los caballos no querían tirar del carruaje, y dentro de él hacía tanto calor que las monjas se pasaron el resto del día a la sombra, debajo del puente. Como vemos, de nada sirvieron sus planes. El Espíritu Santo puede bajar hasta el hombre con una gracia que echa por tierra sus planes. Esas son sus grandes gracias del despojamiento. En el tratamiento que dio a santa Teresa en la festividad de la Venida del Espíritu Santo, hubo una prueba del gran amor que sentía por ella. Ella todo lo planeó tan bien, y con tanto esmero, y él todo lo frustró de la manera más perfecta; porque eran planes que no coincidían con la voluntad del Señor. Pero en todo lo dicho lo esencial es que se produjo algo importante: El Espíritu Santo descendió sobre Teresa y las demás hermanas, porque ellas aceptaron su acción; y al someterse a la voluntad de Dios profundizaron su adhesión a Cristo. El Espíritu Santo, ese gran constructor de nuestra fe, las despojó y las hizo más pobres aún, para que fueran capaces de aceptar el poder de aquel, que en la liturgia de la Iglesia es calificado como «Padre de los pobres».
Fuente: Meditaciones sobre la fe de Tadeusz Dajcer